jueves, 4 de febrero de 2010

NOTICIAS, CIENCIA Y NATURALEZA El telescopio Hubble detecta los restos de una colisión cósmica

El telescopio espacial Hubble ha detectado una misteriosa estela de escombros cósmicos que sugieren una colisión frontal de un asteroide con otro cuerpo, informó hoy la NASA.
Aunque se cree que todos los asteroides son producto de choques de ese tipo, hasta ahora nunca se habían captado los restos de uno de ellos, informó la agencia espacial estadounidense en un comunicado.
El impacto de los asteroides ocurrió a una velocidad de casi 20.000 kilómetros por hora (cinco veces la de una bala de rifle), añadió.
El asteroide, similar a un cometa, ha sido identificado como P/2010 A2, y fue descubierto el pasado seis de enero y las últimas imágenes transmitidas por el Hubble la semana pasada muestran lo que la NASA calificó como un complicado patrón de estructuras filamentosas cerca del núcleo.
"Esos filamentos están formados por polvo y pequeñas rocas, probablemente desprendidas del núcleo", indicó David Jewitt, científico de la Universidad de California.
En general, los cometas provienen de las frías regiones del cinturón de Kuiper y cuando se adentran en el sistema solar el hielo de su superficie se evapora y comienza a desprenderse material de su núcleo.
Sin embargo, es posible que P/2010 A2 tenga un origen diferente porque su órbita se ubica en regiones del cinturón en el que sus vecinos más cercanos son cuerpos rocosos que carecen de materiales volátiles, señaló el comunicado.
Esto sugiere que la estela de escombros que le sigue sea resultado del impacto de dos cuerpos y no hielo que se evapora desde el núcleo, añadió.
"Si esta interpretación es correcta, es posible que hayan chocado dos pequeños asteroides hasta ahora desconocidos los cuales crearon una estela de escombros", dijo Jewitt.
En el momento en que fue detectado por el telescopio Hubble, P/2010 A2 se encontraba a unos 280 millones de kilómetros del Sol y a unos 150 millones de kilómetros de la Tierra.

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1 comentario:

GENESISTRES dijo...

Colisión cometaria
EN JULIO de 1994, la colisión de unos veinte fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9 con el planeta Júpiter cautivó durante una semana la atención de los astrónomos de todo el mundo. Los observadores del cometa quedaron maravillados, pues el fenómeno se convirtió, según palabras de un astrónomo, en “el espectáculo celeste del siglo”. ¿Por qué superó este evento todas las expectativas?
En primer lugar, los fragmentos cometarios, que viajaban a 200.000 kilómetros por hora, causaron explosiones de una magnitud que solo los pronósticos más aventurados habían anunciado. Al adentrarse en la atmósfera de Júpiter, los fragmentos generaron destellos de apenas unos segundos de duración. Luego, los gases sobrecalentados salieron disparados de la atmósfera y formaron inmensas bolas de fuego, las mayores de las cuales, al momento de explotar, sobrepasaron la temperatura de la superficie del Sol. Durante los siguientes diez a veinte minutos ascendió un gran penacho que alcanzó una altura de 3.200 kilómetros.
Además, las condiciones que en un principio se creyó que serían poco propicias para la visibilidad resultaron casi idóneas. Dado que los impactos ocurrieron en la cara oculta de Júpiter, los brillantes destellos y los penachos se detectaron más fácilmente. En algunos casos se vio la cúspide de los penachos elevándose por encima del horizonte de Júpiter, y diez minutos después del choque, la rotación del planeta hizo posible ver directamente desde la Tierra las zonas impactadas. Otros diez minutos más tarde, dichas zonas entraron en el campo de la luz solar. Para entonces los penachos ya se habían desvanecido, y en su lugar quedaban gigantescas manchas oscuras. Estas manchas, la mayor de las cuales doblaba el tamaño de la Tierra, no figuraban en los pronósticos de los astrónomos; sin embargo, fueron los rasgos más visibles del fenómeno.
La sonda espacial Galileo suministró imágenes directas de los choques. El telescopio espacial Hubble, en órbita de la Tierra, observó los impactos en las longitudes de onda de la luz visible y ultravioleta. Otros observatorios midieron los efectos de los choques en diversas longitudes de onda elegidas específicamente a fin de recabar datos valiosos. El sol nunca salió en el polo Sur, lo que facilitó la observación ininterrumpida desde el Telescopio Explorador de Infrarrojos del polo Sur.